lunes, 18 de abril de 2011

ESTOY AQUÍ!!




Por BETTY OREGGIA

A veces me pregunto, ¿cuántos años tiene mi alma? ¿Puede ser que el cuerpo tenga los años terrenos y el alma tenga otra edad? Es porque muchos días siento que soy una viejecita, casi de vuelta de todo, que mira la vida desde otro ángulo, como espectadora, y otras soy participativa de cada cosa, inquieta, vivaz, me gustaría volar, saber de cada rincón de la Tierra, no quisiera irme de aquí sin conocer más, más gente, compartir culturas, y también seres de otros planetas, ¡qué incógnita! Siento que no estamos solos en este universo sin fin, la maravilla de este planeta no puede ser la única, cuando cierro los ojos y trato de meditar las ideas me avasallan, las imágenes me obnubilan, Dios, el big bang,los ovnis, …..... todo me lleva a pensar que estuve aquí antes y en otros planetas, quizás, me regocijo en mis pensamientos, que me dicen volverás, cuando partas, en un tiempo volverás, y así esa viejecita, tu alma, será más sabia, más sagaz.

De pronto, un ruido conocido me hace abrir los ojos, ya es de día, me tengo que levantar, me miro al espejo, y.... no soy la persona que pensaba, aún soy joven, activa, con ganas de comerme el mundo, siento que algo dentro mío sonríe, como diciendo: ESTOY AQUÍ!!

miércoles, 30 de marzo de 2011

Compañera, hagamos un trato



“Cuando el amor llega así, de esta manera,
uno no tiene la culpa,
quererse no tiene horario
ni fecha en el calendario
cuando las caras se juntan”.


De esta manera, en su canción “Caballo Viejo”, ponía letra María Dolores Pradera al nacimiento del amor en cualquier momento, sin que la circunstancia de la edad representara en esta eclosión ningún tipo de traba. Ni horario ni fecha; sólo dos seres que confluyen en el camino.

Durante unos meses, compartieron –junto a los otros- un espacio común, pero no se conocieron. Ahora miran hacia atrás y aún no entienden exactamente qué es lo que ocurrió. Sin embargo, ocurrió. ¿Qué sucedió? ¿Qué o quién influyó en sus voluntades? Éstas, son nada más que dos de las muchas preguntas que en ocasiones aún se hacen, pero cuya respuesta apenas si les importa. Sucedió, ésta es la cuestión. Y al mirarse a los ojos, agradecen su suerte. Ella llena de vida. Él intentando resucitar. Eran como los dos territorios que se miraban en la distancia, una distancia relativa, pero que el mar se encargaba de hacer inmensa. Hasta que el mar –el mar de la vida- hizo el milagro, y unió los dos territorios. Entonces se conocieron, la península y la isla se convirtieron en un solo territorio. Ella le ofreció de aquella vida que rebosaba por todos sus poros. Él le ofreció su calma y sus anhelos de Paz. Y fueron dos mitades que se complementaron para poder caminar: él poesía; ella fábula, promesa, anhelo. De este modo comenzaron a contar el uno para el otro. Como escribió Mario Benedetti: contar, no hasta dos o hasta diez, sino contar, para saber a ciencia cierta, que pueden contar el uno para el otro. Así, tácitamente, establecieron un trato que los hace inmunes a cualquier tempestad: ambos cuentan con el otro y saben que esto no se sostiene con ligaduras de lluvia o de viento, sino de un sentimiento escaso, pero que aún queda de él, y que, quien lo posee y cuida recibe a cambio la certeza de un bien que puede ser vital.

Mario Benedetti escribió esta poesía ¿pensando en ellos?

HAGAMOS UN TRATO

Compañera
usted sabe
que puede contar
conmigo
no hasta dos
o hasta diez
sino contar
conmigo
si alguna vez
advierte
que la miro a los ojos
y una veta de amor
reconoce en los míos
no alerte sus fusiles
ni piense qué delirio
a pesar de la veta
o tal vez porque existe
usted puede contar
conmigo
si otras veces
me encuentra
huraño sin motivo
no piense qué flojera
igual puede contar
conmigo
pero hagamos un trato
yo quisiera contar
con usted
es tan lindo
saber que usted existe
uno se siente vivo
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco
no ya para que acuda
presurosa en mi auxilio
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo.

viernes, 25 de febrero de 2011

Me gusta cuando callas



Los años nos cambian no sólo en lo físico. Cambia nuestros hábitos, nuestro modo de ser, nuestra forma de pensar. Pasamos, casi sin darnos cuenta, de caminar arrollando por la vida, a caminar con miedo de ser arrollados. En ocasiones nos consolamos pensando que somos más sabios, pero no es cierto. Hemos aprendido -a fuerza de golpes- lo justo, pero muy raramente aprendemos lo esencial. Sin embargo muchas veces, tal vez nuestra conciencia sí que ha sido capaz de descubrir el valor del silencio y del sosiego dentro de una sociedad que avanza desbocada hacia un rumbo incierto. Yo descubrí el silencio escuchando al mar en sus días de calma. Su voz entonces es un arrullo que invita a la Paz y al sosiego. Es como una nana cantada armoniosamente para gente mayor, con apetencias de esa Paz tan denostada alrededor de nuestra geografía. El mar en calma, creo que es la más clara representación de esa Paz. Pero también puede aparecer esta sensación –habría que decir más bien, esta certeza- caminando por las tortuosas sendas de la sierra, cuando nadie –o casi nadie- aparece por allí, y se escucha el canto de las perdices que se albergan cerca de los barrancos, o los pájaros que gorjean animadamente arropados por el follaje de los pinos o los eucaliptos. En realidad, allí donde la naturaleza habita y el hombre no la incordia, allí se escucha el sonido del silencio y se respira la Paz. En los inviernos de Santa Pola, todo esto es muy fácil de descubrir. Incluso en el mismo pueblo. Es cierto que los políticos, los comerciantes y los economistas, e incluso el mismo clero, opinarán que esto no es bueno, que un pueblo necesita actividad para crecer. Tal vez sea cierto. Seguro que lo es. Pero también es cierto que, después de sufrir la invasión del verano, nuestro cuerpo –el de algunos- agradece el silencio con que el invierno nos invita a reencontrarnos, a escuchar la voz de la mar, que quedó amortiguada por el estruendo de la masa, y a escuchar nuestra propia voz repetida por el eco deslizante de las olas. Habría que inventar un nuevo orden económico que permitiera compatibilizar ambas sensaciones: la actividad y el silencio. Tal vez, en este nuevo orden, los ricos fueran menos ricos. Pero también podría ser que nuestro caudal de razonamiento creciera proporcionalmente igual para todos, convirtiéndonos en un pueblo más sensato, capaces de oír y de gozar con el sonido del silencio. Con los sonidos de la Naturaleza. Con los sonidos de la Paz.
Pablo Neruda escribió “Me gustas cuando callas”, un poema en que agradecía el silencio –tal vez de su amada- porque él –el silencio- le permitía contemplarla, y llenarse y gozar de esa contemplación.

ME GUSTA CUANDO CALLAS

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

martes, 15 de febrero de 2011

Caña a la moto. Por muchos años.


Mira que en esto de la edad hay diferencias de apreciación. Una persona de veinte años, es mayor a los ojos de otra de cinco o seis. Al respecto de esto, tengo un recuerdo de mi madre: cuando hablábamos de personas de setenta u ochenta años, ella solía decir: “aún son jóvenes”. Mi madre tenía cien años. Ahora bien, lo realmente cierto es que se trata de una cuestión que en principio sólo atañe a cada sujeto de un modo particular y exclusivo. La vida, sin duda, es un compendio de etapas, y cada una de ellas tiene sus propias cualidades y sus propios problemas. El bienestar en una cualquiera de estas etapas, generalmente viene precedido por un trabajo bien realizado en la etapa anterior. Igual sucede al contrario. Y así, hasta que las pilas se agotan y el cargador deja de funcionar. Entonces llega “el acabose”, pero esto es otra historia que ahora no toca.

Mañana cumple años un amigo: cuarenta años; un número que ya empieza a ser considerable, qué duda cabe. Para mucha gente de “mente floja” éste es un número tabú que despierta infinidad de dudas y que muchas veces acaba en la depresión que se acostumbra a conocer con el nombre de “crisis de los cuarenta”. No acostumbro yo a comulgar con estos planteamientos, ni creo que él lo haga. Pienso, sin embargo, que es cierto que a esta edad pueden plantearse dudas, pero éstas no deben ser otras que las que plantea la propia responsabilidad. Ésta es una etapa de transición y de madurez. Seguramente habrá una distancia similar entre la adolescencia y los cuarenta y de estos con la vejez. En etapas anteriores se trabajaba para construir: un patrimonio, una familia, un trabajo estable. En ésta, aunque la construcción no ha terminado, forzosamente han de ir mostrándose resultados, y ahí pueden surgir las dudas: ¿En qué me he equivocado o me estoy equivocando? ¿Hago lo mejor para mi familia? ¿Estoy haciendo lo mejor para mí? Es necesaria mucha claridad de ideas para continuar avanzando con los menores tropiezos posibles. Es irrelevante el número de años, carece de importancia y no merece una mínima depresión el que esto suceda. Todo lo contrario: hay que celebrarlo, porque cada año que se cumple representa una muesca, una fecha en rojo en nuestro calendario vital, una oportunidad de estar vivos y de participar activamente en la organización de este espacio tan maravilloso que es el mundo que compartimos. Ahora bien, es bueno hacer balance, inventariar nuestros sueños, renovar nuestros propósitos, reforzar alguna parte que ha podido debilitarse en el camino y, apoyado en “la tribu”, seguir caminando con decisión.

Querido amigo que cumples cuarenta años: si miras hacia atrás serenamente, verás todo un río de cosas que te han sucedido y que te conciernen. Verás cómo –de los veinte a los cuarenta- ha cambiado tu vida. Verás que el tú se ha convertido cada vez más en el nosotros. Y que del río principal que compusisteis tu esposa y tú han derivado dos preciosos afluentes cuyo curso os esforzáis en guiar adecuadamente para que discurra sin tropiezos. Y verás que lo sucedido ha merecido la pena. Y que el tiempo pasado y el sacrificio asumido –porque siempre hay sacrificio importante- han dado un fruto valioso. ¿Y ahora, qué? Pues a continuar luchando, qué duda cabe. Dale caña a la moto a ver qué da esto de sí, y dentro de diez años, si te parece, hablamos otra vez del tema. Yo pienso estar aquí.

Felicidades, Jose. Y disculpa, si es posible, mi osadía por atreverme a vulnerar tu espacio. Es manía de viejos. Siempre sucede. Creemos que nuestra edad nos autoriza estas licencias. Por muchos años.

lunes, 14 de febrero de 2011

El fuego y la ceniza



Suele ocurrirnos habitualmente: unas veces somos fuego; otras, ceniza. Somos capaces, en ocasiones, de convencer, de admirar, de brillar con luz propia, de quemar incluso con nuestra fogosidad. Otras veces, sin embargo, ese fuego decrece hasta convertirse en ceniza y, entonces, nuestra personalidad sufre lo que entendemos –lo que la sociedad entiende- como el aguijón del fracaso. Y ya no somos nadie para ellos ni para nosotros mismos. Esto, sin embargo, entiendo que no es más que un espejismo. En ambas situaciones: un espejismo. Ni más ni menos. Tan falso es el oropel primero como la decadencia posterior. Visto como éxito o como fracaso no es más que una desviación de la mente humana, un interés de mercado que antes o después, por el simple avatar de la vida, va a quedar devaluado. Es un fuego que se apaga hasta quedar convertido en cenizas. Pero si aceptamos que esto no es totalmente cierto, veremos que entre las cenizas quedará siempre alguna brasa que, en ningún caso dejará de arder con poco que la alimentemos con un aliento de razón, de respeto, de confianza, de afecto.

Hago esta reflexión a propósito de la despedida de un compañero. Antonio Serrano Selva, a lo largo de su vida –y más concretamente en los años que lo conocemos- ha sido –es- fuego, tal vez un poco desmesurado. Pero sí, es fuego. Y esto no siempre ha gustado a todos, e incluso le ha llevado a cometer errores. Sin embargo, en su favor, hay que reconocer su lealtad, su entrega, su aportación al proyecto común que representa “Caminos”. Una aportación siempre positiva que dejaba entrever un alma de poeta asociada a un carácter de líder. Hace unos días, Antonio Serrano Selva, un poco –o un mucho- abrumado por los achaques, decidió abandonar el grupo. Su razón: no se sentía capaz de estar a la altura que él mismo se exigía. Una razón muy noble, sin lugar a dudas. Quienes le estimamos –entre los que me cuento- esperamos sin embargo que no se deje vencer; que la fuerza de la razón le haga ver que cada etapa de la vida representa lo que representa, y nada más. Que cualquier tiempo pasado no fue mejor, sino diferente. Que debajo de esas cenizas, que él pretende acumular ahora, siguen brillando brasas incombustibles, que nada ni nadie conseguirán apagar, con poco que él se lo proponga. Que para avivar el fuego, cuenta con amigos que le aportamos nuestro aliento.

Cierro esta reflexión con un poema de Mario Benedetti. Estimado compañero Antonio Serrano Selva: ¡¡NO TE RINDAS!!

No te rindas, aún estás a tiempo
de alcanzar y comenzar de nuevo,
aceptar tus sombras,
enterrar tus miedos,
liberar el lastre,
retomar el vuelo.
No te rindas que la vida es eso,
continuar el viaje,
perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo,
correr los escombros,
y destapar el cielo.
No te rindas, por favor no cedas,
aunque el frío queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se esconda,
Y se calle el viento,
aún hay fuego en tu alma,
aún hay vida en tus sueños.
Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo.
Porque lo has querido y porque te quiero.
Porque existe el vino y el amor, es cierto.
Porque no hay heridas que no cure el tiempo.
Abrir las puertas,
quitar los cerrojos,
abandonar las murallas que te protegieron,
vivir la vida y aceptar el reto,
recuperar la risa,
ensayar un canto,
bajar la guardia y extender las manos.
Desplegar las alas
e intentar de nuevo,
celebrar la vida y retomar los cielos.
No te rindas, por favor no cedas,
aunque el frío queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se ponga y se calle el viento,
aún hay fuego en tu alma,
aún hay vida en tus sueños.
Porque cada día es un comienzo nuevo,
porque esta es la hora y el mejor momento.
Porque no estás solo, porque yo te quiero.

martes, 1 de febrero de 2011

SOLEDADES



Al terminar su turno, a las 22:00 horas, Carmen se acercó a la habitación de Alberto. Al asomarse, vio a Matilde que yacía amodorrada en una butaca. En la cama, Alberto daba la impresión de encontrarse aletargado. Carmen entró de puntillas y se quedó mirándolo: parecía tranquilo. Comprobó que los goteros estaban en orden y salió sin percatarse de que, al darle la espalda, Alberto había abierto los ojos y la miraba en silencio, como si ella fuera la dormida y él temiera despertarla.
Cualquier reacción parecía una huida pero, ¿hacia dónde? Alberto creyó intuir en Carmen un suspiro liberador cuando le pareció que estaba dormido. Tampoco él pudo evitar el sentirse aliviado cuando la vio marchar. Sin embargo, había tanto de qué hablar. Y había tanto miedo a hacerlo, tantos convencionalismos, tantos prejuicios… Él había pedido a los médicos, al principio de su ingreso, que le revelaran la verdad de su situación. «Tiene los pulmones encharcados, es muy poco lo que podemos hacer, sólo esperar». «Esperar qué», preguntó él. «Tal vez un milagro... mientras hay vida...». Aquellas palabras le hicieron daño. Alberto había sido un luchador en el más amplio sentido de la palabra. Nunca predicó responsabilizando a Dios de los males del mundo ni instando a los humanos a que dejaran en las manos del Sumo Hacedor la solución a sus problemas. Los milagros estaban bien para explicar el sentido de lo, por otra parte, inexplicable, pero aplicarlos a los intereses particulares de cada uno, significaba a su juicio realizar una utilización egoísta de la palabra de Dios, y hasta ahí no pensaba llegar. Si el médico no le podía curar, si ya la ciencia le daba por desahuciado, ¿qué derecho tenía él a esperar una intervención divina? Intervención divina en la que, por otra parte, tampoco creía demasiado. En los últimos años la fe del padre Alberto había entrado peligrosamente en barrena, aunque ni él mismo se lo hubiera planteado. Siguió ejerciendo su ministerio como siempre, aunque más sujeto a planteamientos sociales que teológicos, buscando a Jesucristo en los hombres y mujeres que, de algún modo, luchaban por un mundo mejor. Su actitud se fue radicalizando y dejó de ver en las imágenes cualquier signo de divinidad. Aquellas imágenes vestidas y enjoyadas no podían tener ningún significado dentro de la iglesia de los pobres que preconizaban los evangelios. Aunque tampoco estos, con poco que se los estudiara, soportaban un mínimo análisis crítico. En el seminario le habían enseñado a distinguir entre lo demostrable y lo indemostrable, o sea, entre razón y fe. Todo cuanto a Dios se refería carecía de explicaciones lógicas y, para entenderlo, para asumirlo, había que recurrir a la fe. Esto es así porque así lo dijo Dios: evangelio tal, capítulo tal, versículo tal y tal. Así, las cosas en apariencia más trascendentes se iban trivializando y las explicaciones más controvertidas quedaban en manos de Dios. Lo que no puedo saber, lo creo. Donde no llega mi conocimiento pongo mi fe. Y sobre todo, no pienso. Porque pensar supone caer en la tentación del maligno. En estas ideas radicaba toda la fuerza que se le debería suponer a un hombre para transmitir a sus semejantes la palabra de Dios y dar testimonio de ella.

Este texto es sólo un trocito de algo más amplio que estoy escribiendo y que he titulado "Soledades". No sé por qué lo he publicado en el blog, tal vez la única razón sea que no me apetece calentarme la cabeza buscando otros temas. La fotografía la hicimos en Roma al final del verano pasado.

miércoles, 19 de enero de 2011

Soledades















Velocidad, competencia, consumo... poder... Dominio del fuerte sobre el más débil. Prepotencia, ignorancia, desamor, soledad... Guerras y conflictos. Insolidaridad y tiranía. Efectivamente, éstas son algunas de las claves mediante las que funciona el mundo en que vivimos, pero, aunque ni siquiera las enumeradas son todas, no seríamos justos si no reconociéramos que hay otras muchas, totalmente contrarias a éstas, que convierten el mundo en habitable, aunque sólo sea en momentos puntuales. Frente a la velocidad, está la pausa, la contemplación, el sosiego; frente a la competencia desmedida que genera ambición descontrolada, está la serenidad y la templanza; frente a los abusos de poder y la prepotencia, está el anhelo de una justicia en la que no siempre creemos, pero que en ocasiones funciona; frente a las guerras y conflictos entre pueblos y naciones, está el testimonio de muchas personas amantes de la Paz; frente a la ignorancia, el deseo de saber; el ansia de amar, frente al desamor; y ante la soledad... Bueno, ésta tal vez exija una reflexión más amplia.

Es cierto que en un mundo superpoblado como el que vivimos, más aún en nuestro entorno, la sensación de sentirnos solos, representa una amenaza constante que, en ocasiones, nos impide ser felices. Tal vez la soledad no sea el peor de los males que podamos imaginar para la sociedad en su conjunto, sin embargo, sobre cada ser individual, los efectos pueden ser devastadores. La soledad supone un espanto añadido sobre todos los espantos con los que convivimos. Y a veces, este espanto añadido, es por sí solo suficiente para desequilibrar nuestra mente, para hacernos sentir desgraciados, para impedirnos afrontar otros temas, tal vez vitales en la lucha diaria por ser medianamente felices. Yo distinguiría, sin embargo, dos tipos de soledad, tal vez ninguno de ellos apetecible, aunque sí diferentes:

a) La soledad impuesta por diversas circunstancias: sociales, por problemas físicos, por fallecimientos, por desamor y abandono... En cualquier caso, la soledad impuesta y nunca deseada, supone una losa que lastra la convivencia de quien la sufre. No existen paliativos aceptables para quien siente sobre sí el peso del desamparo, en cualquiera de sus facetas.
b) La soledad asumida como un mal menor con el que hay que convivir, por las circunstancias que sean, y que se la afronta con determinación, sufriendo las consecuencias, pero anteponiéndole a ellas una fuerte dosis de coraje que hacen que se diluya su poder destructor.

En cualquier caso, ninguna es buena. La diferencia es que mientras una destruye los sueños, la otra puede convertirse en soportable, si se la sabe manejar. El problema está en que todo depende, fundamentalmente, de uno mismo. Y no siempre queremos, o podemos, elegir. La mente humana no es uniforme. Cada persona formamos un universo, y cada universo es distinto. Por eso, para llenar “y dirigir” estos universos, se inventan las religiones. Ellas se nutren de nuestras incapacidades y de nuestros miedos. Si no existiese el egoísmo; si la solidaridad fuera una constante en nuestras vidas; si nos aceptáramos unos a otros sin discriminaciones; si la libertad y el respeto absolutos existieran; si aceptáramos que somos vulnerables, que nacemos vivimos y morimos y que no hay nada –que nada puede haber- después de la muerte, ¿qué sentido tendrían las religiones?

Es por eso que yo, obviándolas a ellas, siempre busco en los poetas –inventores de palabras- la palabra justa que elimine mis momentos de oscuridad, ya que, como todos, también yo los tengo. Rafael Alberti puso a su amor este canto de esperanza. Sólo son palabras, pero son tan hermosas que invitan a soñar que aún todo es posible, que perfectamente los años pueden no ser hojas, sino flores. Que hay algo más, que nos puede hacer felices, pero que está en nosotros, y sólo de nosotros lo podemos esperar.

SABES TANTO DE MI
(De Rafael Alberti)

Sabes tanto de mí, que yo mismo quisiera
repetir con tus labios mi propia poesía,
elegir un pasaje de mi vida primera:
un cometa en la playa, peinado por Sofía.
No tengo que esperar ni que decirte espera
a ver en la memoria de la melancolía
los pinares de Ibiza, la escondida trinchera,
el lento amanecer, sin que llegara el día.
Y luego, amor, y luego ver que la vida avanza
plena de abiertos años y plena de colores
sin fin y no cerrada al sol por ningún muro.
Tú sabes bien que en mí no muere la esperanza,
que los años en mí no son hojas, son flores,
que nunca soy pasado sino siempre futuro.